El Consejo de Gobierno de la Universitat de les Illes Balears ha decidido este lunes nombrar Carme Riera Guilera Doctora Honoris causa. La propuesta, que ha partido del Departamento de Filología Española, Moderna y Clásica de la Universidad, quiere reconocer los méritos de la catedrática y académica de la Real Academia Española.

Ser una de las escritoras más relevantes del panorama actual desde su Cátedra de Literatura Española en la Universitat Autònoma de Barcelona es alguno de los méritos que se reconocen a la escritora para merecer el máximo galardón de la UIB.

En la obra de Riera, se pueden distinguir dos vertientes principales: el ensayo y la narrativa. Como ensayista es autora de numerosos estudios relacionados con la literatura española, muchos de los cuales desde una perspectiva de género, una de las líneas de investigación que ha desarrollado.

Como creadora, algunas de sus obras más conocidas son las siguientes: ‘Te deix, amor, la mar como prenda’ (1975), ‘Yo pos por testigo las gaviotas’ (1977), ‘Una primavera para Domenico Guarini’ (1980), ‘Epitelios tiernísimos’ (1981), ‘Cuestión de amor propio’ (1988), ‘Juego de espejos’ (1989), ‘Dentro del último moratón’ (2002), ‘Hacia el cielo abierto’ (2000) y ‘Las últimas palabras’ (2016).

Ha sido galardonada con numerosos premios y distinciones, entre los cuales destaca el hecho de ser miembro de la Real Academia Española, donde ocupa, desde 2012, la silla ‘ .

Carme Riera ha sido distinguida con la Medalla de Oro del Consejo de Mallorca (2005) y fue declarada Escritora del Año en las Islas Baleares (2012).

Carme Riera entra a la RAE amb un discurs sobre la imatge de Mallorca en la literatura.

Hace un repaso de la imagen de paraíso de la isla de la calma a partir de los escritores que pasaron a caballo de los siglos XIX y XX.

La escritora Carme Riera ha reflejado este jueves al atardecer el amor que siendo por Mallorca en su discurso de ingreso a la Real Academia Española sobre la imagen que dieron de la isla de los escritores que viajaron entre 1837 y 1936, mucho antes que el turismo masivo lo invadiera. La novelista y filóloga se ha sumergido a fondo en la literatura de viajes relacionada con Mallorca y firmada por autores como Azorín, Rubén Darío, Unamuno, Borges, Juan Cortada, Georges Sand, el archiduque Lluís Salvador, Josep Pla y Rusiñol. Incluso ha citado las Cartas desde Mallorca de Chopin.

A caballo de los siglos XIX y XX llegar a Mallorca era una aventura. Era una “isla de la calma” una “isla de oro” que no tenía infraestructuras hoteleras y con la belleza paisajística intacta. La solemne ceremonia de ingreso la ha presidido la princesa de Asturias y han asistido la familia de la nueva académica, la agente literaria Carmen Balcells, la viuda de Borges, María Kodama, el secretario de Estado de Cultura, José María Lassalle, y el consejero de Cultura de la Generalitat de Cataluña, Ferran Mascarell.

Muy elegante, con un vestido largo de tonos bordeus y chaqueta a juego, Riera ha entrado a la sala de actas de la RAE minutos después de las siete de la horabaixa, y enseguida ha empezado a leer su discurso, con el título “Sobre un lugar parecido a la felicidad”, al principio con voz temblorosa y después más firme y clara.

Los escritores que llegaron a Mallorca a partir de 1837 -el año empezó a funcionar la primera línea regular de barco entre Barcelona y Palma- conocían los referentes del imaginario clásico sobre las islas y el mito de la Edad de Oro, el que aludía a “la época en que todavía no habíamos sido expulsados de la Edèn”, un paraíso que se suele identificar con las islas.

Los libros y textos consultados por Riera “fueron fundamentales para la repercusión de la imagen de Mallorca al mundo”. Y una de las personalidades más influyentes en este campo fue el archiduque Lluís Salvador de Habsburgo, por el “paraíso de Miramar” del cual pasó hasta su prima Elizabeth, “la inadaptada” emperatriz de Austria. La Sissí “del celuloide y los mass media “se resistía a ir a Mallorca porque, si lo hacía, podía dejar de gustarle Corfú, “la mágica isla griega en la cual se había hecho construir un palacio de mármol, los jardines del cual llegaban hasta el mar”, ha explicado Riera.

Finalmente, Sissí fue el 1892 en Mallorca, a la finca de su primo, y volvió un año más tarde. Cuando se despidió del archiduque le dijo “una cosa tan exacto como románticamente desoladora: ‘Ha sido muy bonito, aunque muchas veces nuestros sueños son infinitamente más bonitos si no los cumplimos'”, ha citado Riera.

Conocer la realidad de Mallorca y su gente fue importante para los escritores y artistas que llegaron, pero también lo fue para los habitantes de la isla que “aprendieron a mirarse” en el espejo que constituían estos libros. Jovellanos estuvo desterrat en la isla entre el 1801 y el 1808, antes de la época analizada por Riera. La escritora lo ha citado porque en sus obras los mallorquines “descubrieron el valor de sus monumentos”.

Castigar con la deportación en una isla -tal como hicieron con Jovellanos, ha recordado Riera- ha sido una práctica habitual a lo largo de la historia. Esta condena ya la aplicaron a los senadores romanos que, “como algunos sinvergüenzas actuales, abusando de los poderes de sus cargos, hicieron de la estafa y del fraude una forma de vida”. Estas palabras han sido una de las pocas alusiones a la actualidad del discurso de la escritora.

Riera ha explicado que la mayoría de quienes llegaban a Mallorca presuponían “un paisaje maravilloso, un clima templado, una tierra sumamente fértil y unos habitantes hospitalarios y longevos, y esta imagen es la que solían trasladar a sus escritos aunque no siempre fue así. George Sand elogió los paisajes de Mallorca y consideraba Valldemossa uno de los lugares “más bonitos” que había visto, pero fue muy dura en sus comentarios sobre los isleños, a los cuales identificaba con “los monos” y los veía avaros, ignorantes y sucios, especialmente los de las clases populares.

No era fácil llegar a Mallorca a mediados del XIX. Aquella primera línea regular tardaba dieciocho horas entre Barcelona y Palma y la mayoría de los pasajeros sufrían “el mal de la mar”: mareos. En el viaje de vuelta las personas compartían espacio con cerdos mallorquines, muy apreciados en Cataluña y que, según decía Charles W. Wood, eran “grandes, gordos, gruñones, negros y horribles animales”. “Gracias al cerdo he visitado Mallorca”, ironizaba George Sand.

La supuesta apatía e indolencia de los mallorquines también fue reseñada por otros escritores y, algunos, como el francés Gaston Vuillier, relacionaban esta calma con el sistema alimentario. Y es que, resume Riera: “después de comer cuatro o cinco docenas de ensaimadas el forastero recién llegado empieza a estar a tono con la isla, es decir, a aceptar la lentitud y la calma”.

Después ilustrar cada aspecto del discurso con numerosas citas, Riera ha dejado para el final “el homenaje en Mallorca” de Azorín, Unamuno y Borges. “La tierra que estimo es Mallorca. El paisaje que querría ver a todas las horas es el de Miramar”, escribía Azorín el 1906, después de su único viaje en Mallorca.

A Unamuno también lo impresionó la belleza de Valldemossa y de “la soberbia cornisa de Miramar”: “Si un día la batalla de la vida me rinde, si mi coraje flaquea, si siento al corazón del alma la vejez, me recordaré, estoy seguro, de este pueblo tranquilo y feliz”.

Borges pasó temporadas en Mallorca el 1919 y el 1920 y, aunque no dejó ningún relato de viajero, sí que firmó un poema dedicado a la catedral mallorquina, y un “elogio bellísimo” de la isla: “Mallorca es un lugar parecido a la felicidad”, ha citado Carme Riera antes de recibir un prolongado aplauso de los centenares de asistentes.

Fuente: www.arabalears.cat